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Una utopía posible

Germán Campuzano Maya

 «La solidaridad con nuestros sueños no nos hará sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.»  (Gabriel García Márquez)

En días pasados, el editorial de uno de los periódicos más importantes del país bajo el título “El cáncer de la salud”, iniciaba su artículo con el siguiente interrogante: ¿por qué en Colombia se sigue muriendo la gente de los mismos tipos de cáncer de hace 30 años? y el mismo columnista daba para sí la siguiente  respuesta: “En buena medida, lo explica nuestro caótico e inequitativo sistema de salud. Mientras en países desarrollados éste se construye sobre el postulado de la prevención, Colombia va en contravía. La ley 100 está estructurada sobre un sistema eminentemente curativo, que no compensa a aseguradores y prestadores por mantener a una población sana, sino que les paga por enfermos atendidos” [1].

Cuando en Colombia, el cáncer de estómago ocupa el primer lugar en morbilidad y mortalidad por cáncer con 7.708 nuevos casos y 5.936 muertes por año, de acuerdo con las estadísticas disponibles del Instituto Nacional  de Cancerología [2], en los países desarrollados, esta neoplasia se ubica más allá del décimo lugar, en morbilidad y mortalidad, entre las neoplasias con tendencia a decrecer permanentemente [3, 4].  Ante esta realidad, surge una nueva pregunta: ¿por qué ha sucedido esto? Muchas respuestas podrían darse, pero las más importantes serían las acciones tomadas en relación con el mejoramiento de las condiciones socioeconómicas de las poblaciones, incluidos los marcadores más importantes de éstas como la potabilidad del agua, los índices de educación y los ingresos per cápita, entre otros.

La Organización Mundial de la Salud, en 1994, clasificó la infección por Helicobacter pylori como un cancerígeno tipo I [5], el más alto grado de peligrosidad, similar a la clasificación de las hepatitis virales para el cáncer del hígado y del papiloma virus humano para el cáncer de cuello uterino. Doce años después de haber sido reconocido como un cancerígeno por el máximo organismo de salud a nivel mundial, no es concebible, o al menos comprensible, que en Colombia, en donde Helicobacter pylori está en el estómago de cerca del 80% de la población general [6] y en más del 60% de los niños menores de 10 años [7], situación que se comparte con los países de la región, se continúe atribuyendo la etiología de este cáncer al estrés, al cigarrillo, a los hábitos alimenticios [8] y entregando explicaciones tan absurdas en publicaciones populares que trivializan el problema  al punto de atribuirlo  “al sitio donde se cultivan las papas” [9]. Mientras esto sucede, Colombia continúa liderando, a nivel mundial,  las tasas de morbilidad y mortalidad por este cáncer, muy lejos del cáncer de cuello uterino y del cáncer de mama [2] [10].

Hasta 1983, cuando Warren y Marshall demostraron que la cavidad gástrica podía ser colonizada por bacterias y que la bacteria por ellos descubierta, Helicobacter pylori,  era responsables de la mayoría de las enfermedades del estómago incluidas la gastritis y las enfermedades malignas [11], las enfermedades del estómago pasaron de la cronicidad, la alta morbilidad y sobre todo, los temibles desenlaces como la dispepsia, la enfermedad ácido péptica y las neoplasias del estómago, a ser una enfermedad infecciosa fácilmente curable con antibióticos. Se pasó de la etiología del estrés y del trauma a la etiología infecciosa. Cuando se sabe que el cáncer gástrico es producido por una bacteria y que la reducción de esta infección a largo plazo, es costo-eficiente no sólo en lo relacionado con las enfermedades malignas, sino con las enfermedades no malignas del estómago, y cuando se dispone de tecnología adecuada para su diagnóstico y tratamiento oportunos a costos razonables, el país está en mora de abordar el problema desde las altas esferas del Estado, con el apoyo de la comunidad científica y no científica,  de tomar una actitud positiva y enfrentar desde ahora esta infección como la única manera de reducir las tasas de morbilidad y mortalidad por cáncer gástrico [12].

Quisiéramos no pensar como el editorialista antes citado, que concluye su artículo con esta reflexión: “En estas condiciones, ni todo el dinero del mundo alcanzará para abordar un dramático y creciente problema que se salió de las manos del Estado.” Estamos convencidos que es posible, a través de la promoción y la prevención,  retomar el camino de la ruta perdida, en donde se intervengan las causas y no las manifestaciones de un problema tan grande como es el cáncer en general y el cáncer de estómago en particular, más hoy cuando se tiene la certeza de su etiología infecciosa y se cuenta con el conocimiento y los recursos para erradicar del medio el cancerígeno. Aunque parezca una utopía, no deja de ser posible, sólo se requiere voluntad.